miércoles, 19 de mayo de 2010

SIERRA DE ARMANTES (25-4-2010)



UNA DE CASTILLOS por Javi el Liante

...
Puedo ser pequeño pero tengo un castillo
si te lo imaginas ya puedes entrar.
A cantar de noche me enseñaron los grillos
y sé alguna cosa más.
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Parafraseando la canción de Fito, de eso trata esta salida, de castillos. El primer castillo es el precursor de la actividad, Chema Castillo, indispensable en el grupo, él y su inseparable gps. El segundo castillo es el castillo de Qal'at Ayyub, que da el nombre moderno a la antigua ciudad de Bílbilis y que nos sirve de calentamiento cultural, y también físico debido a la exigente cuesta que hay que remontar hasta llegar a la explanada donde se encuentra la fortaleza. El tercer castillo, en este caso castillos, los de Armantes, escondidos desde su acceso a través del barranco del Salto pero surgiendo en todo su esplendor una vez llegado al collado que da fin a dicho barranco, y ya acompañándonos, majestuosos, en la bajada hacia la merecida y ansiada comida que nos espera, una vez finalizada la excursión en Cervera de la Cañada, en el cercano pueblo de Aniñón.

La excursión parte de Calatayud, puntual a las 9 de la mañana, y tras haber hecho acopio de fuerzas con el primer tentempié matutino en el hostal Calatayud, donde Chema nos alerta de las dos primeras dificultades de la jornada: la existencia de ganado vacuno suelto en el recorrido, que provoca en Juan Carlos un empaledimiento instantáneo -está a punto de desmayarse- ya que viste camiseta roja pasión, y la necesidad de vadear el río Ribota antes de llegar a Cervera de la Cañada, dificultad comprobada in-situ por él mismo en la jornada anterior, cuando, aplicado él, hizo la preparatoria de la excursión. Bueno, centrémonos, que me voy por los cerros de Ubeda, o mejor dicho, de Calatayud. Saliendo de la plaza de San Benito y atravesando varias calles, callejas y recodos de Calatayud, incluido el archiconocido Mesón de la Dolores, llegamos al primer punto confictivo de la jornada, justo, como diría Gabinete Caligari, Camino Soria. Allí donde empieza la antigua carretera que nos llevaría a tierras castellanas, se nos plantea la duda de si empezar entonces la excursión en sí o plantear un primer desvío para visitar el castillo de Qal'at Ayyub y contemplar, desde lo alto, tanto la ciudad de Calatayud como las sierras circundantes del Sistema Ibérico. Como somos varios los que no conocemos el castillo, decidimos tomar esta última opción y añadir un castillo más a la jornada, encaminándonos, con alguna queja que otra debido a lo empinado del terreno, a la fortaleza donde los musulmanes, desde el siglo VIII, hicieron de Calatayud una de las principales ciudades del reino de taifa de Zaragoza, con momentos de gran esplendor cultural, hasta que Alfonso I de Aragón le puso sitio en el año 1120. Majas vistas las que se divisan desde el castillo, con la ciudad de Calatayud a nuestros pies, la muralla que en parte todavía la rodea y a lo lejos las sierras que siguen la vega del Jalón, adivinando por el otro lado el camino que tenemos que tomar hasta llegar a Armantes.

Intentando encontrar un camino de bajada distinto, vemos que a mitad de la misma podemos tomar una senda más entretenida que el camino de subida, y en un santiamén volvemos al punto de subida para, a las diez en punto, emprender el camino por la antigua carretera de Soria hacia nuestro destino. Dos kilómetros son los que tenemos que seguir por esta carretera con escasa circulación, divisando pequeñas huertas a las afueras de Calatayud y montes de yesos con poca vegetación. Tras estos dos kilómetros algo tediosos y ya con un sol de justicia, tomamos una pista a la izquierda que nos va a conducir al Barranco del Salto, agradeciendo ya que el camino va a discurrir entre pinares durante un buen rato, exactamente casi hasta los castillos de Armantes. Quizá por este cambio de paisaje, el grupo toma un ritmo más que aceptable, tan aceptable que una hora después tiene que hacer la parada de rigor para el almuerzo de mitad de mañana. Bocadillos, fruta, trago de agua -falta ese otro de vino-, barritas, chocolate, todo a la pancha. Tras este parón reconfortante, seguimos nuestro camino alternando tramos de barranco -cómo calienta ya el Lorenzo- con otros tramos de subida por pista paralela. En esos tramos seguramente el gps de Chema se vuelve loco y es posible que no vuelva a hacerle caso al dueño en una buena temporada, esperemos que para la venidera GR ya se le haya pasado el cabreo al cacharrico. Subiendo, subiendo, china-chana, creemos que nos vamos aproximando ya a los castillos de Armantes, y digo creemos porque no los veremos casi hasta que no los tengamos enfrente. Durante todo el tramo de subida, vamos divisando la extensa masa de pinar con la que se repobló la zona a principios de los 60, masa bastante densa pero no con mucho porte.

Casi cuando ya creemos que los castillos de Armantes son un mito o un oasis en el desierto, los vemos aparecer al final del barranco. Impresionantes formaciones que han surgido por la erosión sobre el terreno arcilloso a lo largo de los siglos y que merecen la consiguiente parada para contemplarlos con tranquilidad y para inmortalizarlos en alguna que otra foto. La sola vista de los castillos ya merece la excursión. Después de discutir hacia dónde tirar, decidimos en primer lugar subir a los castillos y después atacar la subida a la Cruz de Armantes. Nos encaramamos pues hacia el castillo más oriental, cada uno a su ritmo, y enseguida llegamos arriba para contemplar las fabulosas vistas: por un lado de los valles del Ribota y del Manubles con la sierra de la Virgen al fondo -que bien merecerá alguna próxima excursión- y con la sierra de Vicor y de Algairén hacia el otro lado. Después de alguna foto más, vamos bajando a buen ritmo hasta el collado, desde donde emprendemos la subida hacia la Cruz de Armantes. Fatigosa subida, y es que los castillos nos han debido de embelesar y quitar las fuerzas, ya que ésta sí que nos cuesta algo más. Pero cuando llegamos arriba, ¿dónde esta esa cruz?, pues al fondo, bien al fondo después de andar un buen tramo de llano. Nuevamente las fotos de rigor y el descanso después de la ardua subida.

Como el hambre empieza ya a apretar y viendo que Cervera de la Cañada, nuestro destino, está a tiro de piedra desde arriba, como quien dice, decidimos con valentía desafiar la empinada cuesta y bajar todo recto en vez de volver sobre nuestros pasos, más que nada porque si no vamos a comer a las siete de la tarde. Con tiento y cuidado, salvando las matas de erizones, tomillo, aliagas y las piedras sueltas -y qué bien olerán nuestras botas después-, salvamos bastante rápido el desnivel de la Cruz de Armantes echando de vez en cuando un ojo a los castillos al fondo, que nos siguen fascinando. Ya abajo, y tras salvar un par de barrancos, bordeamos unos campos de cultivos con miedo a que el tío de la vara haga su aparición y nos atice por pisarle el terreno. Salvado el peligro, ya sólo nos queda seguir el camino que nos va a conducir al último escollo de la jornada, y que va a consistir en vadear el río Ribota. Pensando todo el rato cómo conseguir un palé que nos permita cruzar el río o cómo llegar al puente de los tres ojos que según dicen existe en algún sitio, llegamos hasta el borde del cauce para comprobar que el lobo se ha convertido en corderillo y que lo podemos pasar sin problemas saltando de piedra en piedra. Ya en la otra orilla, sólo nos queda continuar el camino para llegar a Cervera de la Cañada a eso de las tres y media tras un rato que se hace eterno por lo que nos pide el estómago y porque el Lorenzo sigue haciendo de las suyas. Y en el restaurante el Zaguán, en Aniñón, copiosa y rica comida acompañada de una buena jarra de cerveza.

Así que ni río caudaloso ni vacas, para alivio de Juan Carlos. Muy recomendable excursión de final de invierno o principio de primavera para visitar uno de esos rincones de Aragón no muy conocidos pero con mucho encanto.

PD: Excursión protagonizada por Raquel, Merche, Joaquín, Alberto, Juan Carlos, Javi y Chema.