miércoles, 10 de noviembre de 2010

ESTRECHOS DEL RÍO EBRÓN (3-10-10)




Como no tengo tiempo para subir todas mis aventuras, a veces hecho mano de mis reporteros amigos, como en esta ocasión, en la que la elegida ha sido Clara, cántabra ella, y que nos aporta su visión de la 1ª excursión de senderismo del CAU de la temporada 2010-2011. Ahí va:

El domingo 3 de octubre de 2010, nos volvimos a juntar en el Rectorado para salir de senderismo. Yo iba con sueño infernal, apenas había dormido por miedo a no oír el despertador, pero así y todo no dormí en el viaje y leí en "el buq".
Paramos en un bar de la carretera entre Sagunto y Burgos, en la provincia de Teruel, donde sirven el café con leche en grandes vasos de vidrio.
Qué bien sienta volver a hablar con la gente maja de estas excursiones.
En el bus, Luis explica en verso nuestra trayectoria: "Excursión desde El Cuervo a Tormón, por el río Ebrón". El río Ebrón es un afluente del Turia, estamos justo en el límite entre Aragón y Valencia, de agridulces recuerdos. El Ebrón es un río truchero donde antiguamente pescaban con las manos y ahora está prohibido. Es el río más limpio que imaginarse pueda, "como todos deberían estar", dice Isabel, y lo secundo.
Vamos por el sendero de los Estrechos, de orografía escarpada, sierra caliza de unos colores ocres y rojizos impresionantes salpicado de infinidad de verdes de los pinos y eso que el otoño aún parece no haber empezado en esta región.
Se me ha olvidado la cámara, la crema solar, el bikini y toalla para secarme... No me pesa lo primero, así me fijo y escribo; además cuento con las fotos que me han hecho Chema y Yenling. Lo segundo, tampoco, así recupero el color del verano, lo tercero... un poquito más adelante sí, para qué lo vamos a negar.
He venido con los dos palos nuevos para aprender a caminar con ellos y estar preparada en futuras excursiones donde de verdad sean necesarios. Me han ayudado a mantener el equilibrio para cruzar el río sobre las piedras húmedas.
Comemos en una especie de puente natural sobre el cortado (que antes hemos visto desde abajo para tocar el agua fresca).
Huele a tomillo y hierbas aromáticas.
Hasta la hiedra amarilla parece que brilla con luz propia a la sombra del camino. Subimos y bajamos por un sendero de bosque, maravilloso, hasta la cascada de Calicanto (oh, qué nombre de cuento, como el castillo de irás-y-no-volverás), allí, los que llevaban bañador se metieron... Unas chicas y yo nos pusimos los zapatos de agua (menos es nada) y llegamos a tocar el "musgo"... detrás de esa cascada pueden haber miles de mundos por explorar, por inventar...
A la salida, se cruzan las antiguas dependencias del molino, que conservan la turbina de la central eléctrica (¡fundida en Zaragoza!) Un carretil desemboca en unos 700 m en el pueblo de Tormón, atravesando campos de cultivo protegidos por botellas de plástico colgando de los árboles con objeto de espantar a los pájaros.
Tormón significa "tormo grande" y me dicen que "tormo" significa "terrón" (de azúcar, por ejemplo) en aragonés, así que se refiere al enorme peñasco vertical que saluda a los caminantes al entrar al pueblo.
Gárgolas de material reciclado y una iglesia muy bonita con el tejado de colorines, al pie de la cual encontramos a los promotores de la excursión.
Esta crónica no me ha salido como esperaba, escribo en Thor sentada en el salón de la casa de Santander, con el corazón encogido y los nervios en punta, me tengo que ir a estudiar ya...

lunes, 8 de noviembre de 2010

BARRANQUISMO POR MARÍA (6-11-10)




Mañana de sábado, con mucha niebla en Zaragoza, y día soleado con más de 20º en María de Huerva. En la Casa de Cultura de María, un cortado y bocata para llevar, y camino hacia las Planas.
La idea era subir por el barranco del Cabezo Sillón, idea abandonada al poco de iniciar la subida por el fondo, debido a las piscinas naturales que ha hecho el agua y que lo hacen inaccesible desde ese punto. Entre este barranco y el de la Morera, recientemente pisoteado por mis botas, se encuentra uno en medio de los dos, que se llama?... BARRANCO DE ENMEDIO, correcto ¡¡¡.
Pues como iba diciendo, retrocedo y cojo el del medio, salvo un primer obstáculo que me obliga a salir de el por una ladera, y unirme a una senda que pronto se une con el mismo barranco. A partir de ese momento la senda discurre entre paredes, pinos solitarios y la sombra que a ratos proporcionan ambos, y que sorprendentemente para la fechas que corren sabe buena. La sorpresa corre a cargo de 2 moteros que bajan por la senda, estrecha para caminantes, estrechísima para esos ruidosas máquinas. Poco antes de acabar el barranco, me desvio a la izquierda para en unos minutos plantarme en una especie de gradas, con forma de anfiteatro natural, que hace las veces de mirador (pensando en mi soledad, detecto con mis anteojos un ciclista lejano y un par de buitres) y comedor (ingesta de bocata), incluso de dormitorio, y es que ese sol que aún calienta invita a sestear un rato. Unos metros arriba las Planas, llanura que contrasta con la cantidad de curvas que miran hacia el Huerva, y que de repente, van a bajar 7 intrépidos beteteros extremos, con cascos como de motorista, y que bajan las gradas como el que se come una croqueta.
Durante la subida y la bajada se pueden observar bastantes huellas de animales, las que dejan con los pies y las que dejan sus tripas, y que mi incultura en estos asuntos me impide realizar una identificación correcta de los animales en cuestión.
La bajada se realiza cresteando hasta que un cortado me impide el paso directo y me obliga a bajar unas lazadas hasta otro barranco del que me desvio para hacer una visita obligada al castillo de María y las ruinas que lo rodean conocidas como Lugar Viejo, y que son el antiguo asentamiento de María.
Para acabar el día tomo un camino que ha desaparecido por la presión agrícola, y como al maratoniano que es jaleado al llegar a meta, a mí salen a recibirme varios caballos de la yeguada San Antonio, quizá esperando su terroncito de azucar. Vuelvo a la Casa de Cultura, pero esta vez a ingerir dos dosis de cultura cervecera.
En resumen, un gran día, a pesar del dedo gordo de mi pie derecho, que con su esguinze, quiso amargarme al final.