¿3 de enero? ¿Provincia de Teruel? ¿Cómo es posible que estemos en
manga corta? Va a ser verdad eso del cambio climático...
A un tiro de piedra de Albalate del Arzobispo, el río Martín horadó un
coqueto cañón plagado de abrigos alicatados hasta el techo y con
orientación sur, para entrar a vivir si eres un troglodita hecho y
derecho. Sus habitantes dejaron los graffitti de la época en las
paredes de los abrigos. Hoy se han decidido a conocer este maravilloso
paraje tres trogloditas del siglo XXI: el Chema, cerebro gris de este
blog e incansable maquinador de salidas a montes, cerros, colinas o
riscos; el Héctor, ciclista urbano hoy convertido en andarín
campestre; y el Juan Carlos, conocido como “Sebastián” entre otros
sobrenombres por hacer de conductor del grupo y levantar acta de todo
lo sucedido.

Empezamos el recorrido río arriba por su margen derecha. Pronto nos
encontramos con una central eléctrica alimentada por un canal derivado
del río muchos kilómetros más arriba. Al ir andando, el canal juega
con nosotros al escondite. Ahora lo tenemos a la derecha, luego a la
izquierda… Y no somos conscientes de cruzarlo, hasta que descubrimos
que a ratos va bajo tierra. El canal es ingenioso y elegante, a juego
con el rincón natural en que se halla, y decir eso de una obra civil
es mucho.
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No lo parece pero la senda va por esa pared |
Llegados al puente del Batán, punto de retorno hacia el inicio de la
excursión, nos encontramos con uno de los pocos humanos que
encontramos por el camino: un agüelo que habitaba en una de las casas
aisladas de al lado del puente, que nos cuenta que ya no hay ni peces
ni pajaros (con acento en la ja), signos ambos de que el fin del mundo
se aproxima. Por si acaso el buen hombre tiene razón, decidimos parar
y darle un tiento al jamón y al queso. El Chema ofrece una bota de
Ribera del Duero, recibido con escepticismo por Héctor, defensor de
los productos de Oregón… pero recibido, al fin y al cabo.
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El grupo, y al fondo la zona de Los Chaparros |
Continuamos la excursión río abajo por la margen izquierda, de abrigo en abrigo. Todos ellos están vallados y con un panel esquemático de las figuras que puedes observar…o imaginar. O casi todas las figuras han desaparecido, o los tres trogloditas del XXI necesitamos una visita a la óptica. Pero precisamente porque la mayoría de los restos se nos escapan, los pocos que descubrimos nos llenan de emoción. Algunas son simples rayas, restos de pigmento, o trazos en zigzag, antecesores de nuestros ejercicios de caligrafía de los inolvidables cuadernos Rubio. En otros sí se aprecia la mano de un artista: una cabeza de caballo, algún arquero, un bóvido atravesado por unas flechas… siluetas sencillas pero muy expresivas. El autor sería troglodita pero no un esgarramantas pintamonas sino un señor pintor.

Pero vale ya de abrigos y abrigas…hay que llenar las barrigas. Los
vegetarianos, arroz. Los carnívoros, embutidos. Todos, queso y
galleticas de chocolate. Y Ribera del Duero, vinarra sobre el que
solamente se hacían objeciones por su origen. De su sabor, nadie se
quejaba.
La excursión termina tras unos cuantos subeybajas que nos llevan del
río al abrigo, otra vez al río, a un mirador, al río, a otro abrigo en
el que no se ve nada… Llegamos al coche y lo celebramos matando el
Ribera del Duero, que recibe el título de hijo predilecto de Oregón.
La salida culmina con una parada en Albalate del Arzobispo. Panadería
a la vista. ¿Qué es esto del escaparate? Una harinosa. ¿Veíais al
monstruo de las galletas en acción? Un aprendiz al lado del Chema
engullendo harinosas. Dulce fin de un paseo por un rinconcico poco
conocido pero espectacular: paisaje, historia, ingeniería ingeniosa y
respetuosa… y a tiro de piedra de nuestra Zaragoza.
Nota: Esta redacción considera que no había mejor persona para hacer esta crónica sobre los estrechos del Martín, que Juan Carlos Martín, puede que pariente lejano de esos que pintaron por aquellas paredes. Gracias amigo.
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